En junio de 2006, doce cocodrilos de la Costa arribaron a la isla Santay para constituir una estación de investigación y conservación. Este proceso fue acompañado por un programa educativo dirigido a la comunidad local con el fin de comprender la importancia ecológica de la especie y fomentar su convivencia segura. Los ejemplares, nacidos en cautiverio, provenían principalmente del Parque Histórico de Guayaquil y de la provincia de Esmeraldas. Con el transcurso del tiempo, esta instalación se consolidó como uno de los puntos de referencia más significativos para los visitantes, transformando una iniciativa puntual en un elemento central de la identidad insular.
La dimensión comunitaria de la conservación
Más allá de su valor turístico o científico, estos reptiles están estrechamente vinculados a ecosistemas como humedales y manglares. La historia reciente demuestra que la protección efectiva no depende exclusivamente de decisiones institucionales, sino también del compromiso humano. Durante años, los pobladores de la isla asumieron el cuidado cotidiano, aprendiendo técnicas específicas para manejar las especies bajo estricta vigilancia. Esta interacción evidencia que la preservación ambiental requiere recursos sostenibles y conocimiento local acumulado.
Exigencia de gestión técnica permanente
José Delgado Mendoza, Gestor Cultural y Ambiental y Director del Observatorio de Santay, sostiene en su columna "Cartas a Quito" publicada el 30 de agosto de 2026 que la introducción de una especie no puede ser un acto aislado. La responsabilidad debe extenderse durante toda la vida de los animales. Es imperativo verificar periódicamente si reciben alimentación adecuada, atención veterinaria y si sus espacios cumplen las condiciones necesarias para su bienestar, según informamos en La Ley de Minería y su contexto ambiental.
Proteger a los cocodrilos de Santay es también proteger la memoria, la identidad y la naturaleza de la isla
Hoy, estos animales conviven con el manglar como elementos representativos del territorio. Garantizar su permanencia digna implica asegurar manejo técnico riguroso, seguridad para las comunidades circundantes y educación ambiental continua dirigida a nuevas generaciones. La preservación efectiva exige que quienes promovieron inicialmente este proyecto mantengan un vínculo activo de supervisión y cuidado.