En las últimas horas, la comunidad internacional ha observado con preocupación los efectos del terremoto de magnitud 7.4 registrado el pasado lunes en Dosquebradas, Risaralda (Colombia), un evento que ya dejó más de 250 muertos y miles de heridos, además de extender su impacto a varios países vecinos. Ante la incertidumbre generalizada sobre posibles réplicas o nuevos movimientos telúricos, se ha difundido ampliamente una creencia popular que vincula los cambios climáticos —específicamente el calor extremo o las lluvias— con la ocurrencia de sismos. Sin embargo, Germán Prieto, profesor asociado del Departamento de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia y experto en sismología, ha desmentido categóricamente esta correlación, aclarando que no existe una relación directa entre el clima superficial y los movimientos sísmicos profundos.
La física detrás del mito climático
Prieto enfatiza que el clima y los terremotos son fenómenos geofísicos completamente distintos. La razón fundamental radica en la conductividad térmica de las rocas terrestres, descritas como malas conductoras del calor. El experto utiliza una analogía sencilla para explicar este fenómeno: si se calienta una olla metálica por debajo, el calor llega rápidamente a su superficie; sin embargo, si la olla fuera de ladrillo o material similar, ese proceso sería mucho más lento e ineficiente, como publicó este diario en Sismólogos explican por qué la Tierra sigue temblando tras el terremoto de Colom.
En el interior de la Tierra ocurre un proceso análogo. El aumento de temperatura en la superficie debido al sol o a las condiciones atmosféricas no se transmite de manera eficiente hacia las profundidades donde se originan los terremotos. Por ello, aunque se produzcan lluvias intensas, aumentos de temperatura u otros cambios meteorológicos en la superficie, estos efectos apenas penetran unos pocos centímetros en el terreno, más contexto en Sismólogos explican por qué la Tierra sigue temblando tras el terremoto de Colom.
Profundidad vs. Superficie
Dado que los sismos ocurren a decenas o cientos de kilómetros de profundidad, las condiciones climáticas superficiales carecen del impacto físico necesario para alterar la tensión acumulada en las fallas geológicas. Esta aclaración científica es crucial para gestionar el miedo colectivo y evitar especulaciones infundadas sobre predicciones sísmicas basadas en variables meteorológicas.