El escenario que durante décadas fue considerado la mayor pesadilla geopolítica del mercado energético mundial está dejando de ser hipotético. La escalada bélica que involucra a Irán ha alcanzado infraestructura petrolera crítica en Catar y Arabia Saudí, y la posibilidad de un bloqueo —parcial o total— del Estrecho de Ormuz se ha instalado como una amenaza concreta. Las implicaciones de semejante evento no tienen comparación reciente: se trata de la arteria por donde fluye aproximadamente un tercio del petróleo que se comercia por vía marítima en el planeta.
El Estrecho de Ormuz: por qué el mundo entero depende de un canal de 33 kilómetros
El Estrecho de Ormuz, ubicado entre Irán y Omán, conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y, por extensión, con el Océano Índico. En su punto más angosto tiene apenas 33 kilómetros de ancho, pero por él transitan diariamente entre 20 y 21 millones de barriles de petróleo crudo y productos refinados, según datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA). Eso equivale a cerca del 20% de la demanda global de crudo.
Además del petróleo, por esta ruta circula una porción significativa del gas natural licuado (GNL) mundial, particularmente las exportaciones de Catar, el mayor exportador de GNL del planeta. Un cierre de esta vía marítima no solo dispararía los precios del crudo, sino que golpearía de forma simultánea los mercados de gas natural, con efectos en cascada sobre la generación eléctrica, la industria petroquímica y el transporte en todos los continentes.
Los ataques a refinerías: una escalada que cambia el cálculo estratégico
Los reportes de ataques iraníes que alcanzaron refinerías en territorio catarí y saudí representan un salto cualitativo en la confrontación. Arabia Saudí, el mayor exportador de crudo del mundo, ya sufrió en 2019 un ataque con drones a las instalaciones de Aramco en Abqaiq y Khurais que temporalmente redujo a la mitad la producción del reino. Aquel episodio provocó un alza inmediata del 15% en el precio del barril, pero fue contenido porque la producción se restauró en semanas y no hubo un conflicto abierto.
El escenario actual es cualitativamente distinto. Según información recogida por medios internacionales como CNN en Español y Primicias, los ataques recientes se inscriben en un contexto de hostilidades abiertas, no en una acción aislada. Cuando la infraestructura energética se convierte en objetivo militar deliberado dentro de una guerra declarada, la capacidad de restaurar la producción rápidamente disminuye drásticamente, y la prima de riesgo geopolítico sobre el barril de petróleo se dispara.
Catar, por su parte, enfrenta una vulnerabilidad particular: sus terminales de exportación de GNL en Ras Laffan están ubicadas directamente sobre la costa del Golfo Pérsico. Cualquier daño sostenido a esas instalaciones afectaría a países tan diversos como Japón, Corea del Sur, India y varias naciones europeas que dependen del gas catarí para su seguridad energética.
¿Qué significaría un bloqueo para la economía global y para América Latina?
Los analistas del mercado petrolero coinciden en que un bloqueo efectivo del Estrecho de Ormuz —incluso uno parcial que obligue a desviar rutas o reducir volúmenes— podría llevar el precio del barril de crudo Brent por encima de los 150 dólares, un nivel nunca antes alcanzado de manera sostenida. Algunos escenarios más extremos, planteados por firmas como Goldman Sachs y JP Morgan en análisis previos, contemplan picos superiores a los 200 dólares en caso de un cierre prolongado.
Para América Latina, las consecuencias serían ambivalentes. Países exportadores netos de crudo, como Ecuador, Venezuela, Colombia, Brasil y México, verían un incremento significativo en sus ingresos petroleros. En el caso ecuatoriano, cada dólar de aumento en el barril de crudo representa millones adicionales para las arcas fiscales, un alivio potencial para un presupuesto que históricamente depende de la renta petrolera.
Sin embargo, el efecto positivo sobre los ingresos fiscales se vería contrarrestado por el encarecimiento de los combustibles importados, particularmente el diésel y las gasolinas de alto octanaje que Ecuador compra en el exterior. Además, una crisis energética global inevitablemente arrastraría a la baja el crecimiento económico mundial, reduciendo la demanda de otras exportaciones ecuatorianas como el banano, el camarón y el cacao.
El factor militar: ¿puede Irán realmente cerrar el Estrecho?
La capacidad iraní para obstaculizar el tránsito por Ormuz es un tema debatido entre analistas militares, pero existe un consenso razonable: Irán no necesita cerrar completamente el estrecho para causar una crisis. Bastaría con sembrar minas navales, desplegar lanchas rápidas armadas con misiles antibuque o atacar con drones algunos petroleros para que las aseguradoras marítimas eleven las primas a niveles prohibitivos, deteniendo de facto el comercio.
Irán posee una de las fuerzas de guerra asimétrica más desarrolladas de Medio Oriente. La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) ha entrenado durante décadas específicamente para este tipo de escenario, convirtiendo la amenaza sobre Ormuz en su principal carta de disuasión estratégica. De hecho, altos mandos iraníes han declarado en múltiples ocasiones que, si Irán no puede exportar su petróleo, nadie lo hará a través de esas aguas.
Un mundo que no aprendió la lección de la diversificación
La crisis en ciernes expone una vulnerabilidad estructural que décadas de advertencias no lograron corregir. A pesar de los esfuerzos por desarrollar rutas alternativas —como el oleoducto East-West de Arabia Saudí que conecta directamente con el Mar Rojo— la capacidad de estas vías alternas es insuficiente para compensar un cierre de Ormuz. La infraestructura alternativa existente podría redirigir apenas entre 6 y 7 millones de barriles diarios, menos de la mitad del volumen que normalmente transita por el estrecho.
Para Ecuador y la región, este escenario refuerza una lección que el gobierno de Daniel Noboa ha comenzado a articular en su agenda económica: la necesidad de fortalecer la producción energética nacional, diversificar la matriz de ingresos fiscales y reducir la dependencia de las importaciones de derivados de petróleo. Lo que ocurre a miles de kilómetros, en un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho, puede determinar si el presupuesto de un país latinoamericano cierra en verde o en rojo.