En un movimiento que combina propaganda interna con estrategia geopolítica, el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, ha utilizado el reciente conflicto entre Irán e Israel como justificación para mantener —y eventualmente expandir— el programa nuclear de Pyongyang. El argumento es tan simple como calculado: un país sin armas nucleares queda expuesto a ataques de potencias que sí las poseen o cuentan con respaldo nuclear. Irán, según la narrativa norcoreana, es la prueba viviente de esa vulnerabilidad.
La declaración, reportada por CNN en Español, no es un hecho aislado. Se inscribe en una larga tradición del régimen de los Kim de aprovechar cada crisis internacional para reforzar la legitimidad de su arsenal atómico, el mismo que ha sido objeto de sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU durante más de una década. Lo novedoso esta vez es el contexto: un Medio Oriente en llamas y un orden internacional cada vez más fracturado.
El espejo iraní: una lección conveniente para Pyongyang
Irán renunció formalmente a la búsqueda de armas nucleares mediante el acuerdo JCPOA de 2015, aunque las sospechas sobre su programa nunca desaparecieron del todo. La decisión de Estados Unidos de retirarse unilateralmente de ese pacto en 2018, bajo la administración de Donald Trump, y los posteriores ataques israelíes contra territorio e intereses iraníes, configuraron un escenario que Kim Jong Un ahora explota con precisión quirúrgica.
El mensaje implícito es claro: Irán negoció, cedió y quedó expuesto. Corea del Norte no cometerá el mismo error. Esta narrativa tiene un destinatario doméstico evidente —una población sometida a privaciones económicas severas que necesita una justificación para los enormes recursos destinados al programa militar— pero también busca resonar en capitales del Sur Global donde el escepticismo hacia las promesas de seguridad occidentales va en aumento.
Para el régimen norcoreano, la situación iraní valida retroactivamente cada prueba nuclear, cada lanzamiento de misil balístico intercontinental, cada desafío a las resoluciones del Consejo de Seguridad. Si Teherán hubiera tenido la bomba, sugiere Pyongyang, nadie se habría atrevido a atacarla.
Un contexto geopolítico que favorece la narrativa norcoreana
Lo preocupante no es solo la retórica de Kim Jong Un, sino que el contexto internacional parece darle argumentos. La guerra en Ucrania demostró que un país que renunció a su arsenal nuclear heredado de la era soviética —precisamente a cambio de garantías de seguridad en el Memorándum de Budapest de 1994— terminó siendo invadido por una de las potencias garantes. La lección que extraen regímenes como el norcoreano es devastadora para la arquitectura de no proliferación nuclear.
Simultáneamente, las relaciones entre Pyongyang y Moscú han alcanzado niveles de cooperación no vistos desde la Guerra Fría. El envío de tropas norcoreanas a Rusia para combatir en Ucrania, según reportes de inteligencia occidentales, y la visita de Vladimir Putin a Pyongyang en 2024, han consolidado una alianza que otorga a Kim Jong Un un paraguas diplomático sin precedentes recientes. China, por su parte, mantiene su posición de socio comercial indispensable y contrapeso estratégico frente a Washington.
En este tablero, las sanciones internacionales pierden efectividad. Rusia bloquea nuevas resoluciones en el Consejo de Seguridad, China modera cualquier presión excesiva, y Corea del Norte opera con un margen de maniobra que no tenía hace cinco años. El conflicto iraní-israelí simplemente añade otra capa de justificación a una postura que ya estaba blindada geopolíticamente.
Las implicaciones para la seguridad global y la no proliferación
El verdadero problema trasciende a Corea del Norte. Cada vez que un régimen autoritario puede señalar ejemplos concretos de países que desarmaron y sufrieron consecuencias, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) —piedra angular del orden de seguridad posterior a 1945— se erosiona un poco más. Libia abandonó su programa nuclear en 2003; Muamar Gadafi fue derrocado y asesinado en 2011. Ucrania entregó sus ojivas; fue invadida en 2022. Irán limitó su enriquecimiento; enfrenta ataques militares en 2025.
El patrón que dibuja esta secuencia es inequívoco desde la perspectiva de cualquier Estado que perciba amenazas existenciales: las armas nucleares son la única garantía real de supervivencia. Es una conclusión peligrosa, pero cada vez más difícil de refutar con los hechos sobre la mesa.
Para las potencias occidentales, y particularmente para Estados Unidos, este dilema no tiene solución fácil. Las sanciones económicas han demostrado sus límites contra regímenes dispuestos a sacrificar el bienestar de su población. La diplomacia requiere contrapartes dispuestas a negociar de buena fe, condición que Pyongyang no parece dispuesta a cumplir. Y la opción militar contra un Estado nuclear es, por definición, impensable.
¿Qué viene para la península coreana?
Las declaraciones de Kim Jong Un deben leerse también en clave regional. Corea del Sur y Japón, los aliados más cercanos de Washington en el Pacífico, observan con creciente inquietud no solo el arsenal norcoreano, sino la voluntad real de Estados Unidos de mantener su compromiso de defensa extendida. En ambos países han surgido debates internos sobre la posibilidad de desarrollar capacidades nucleares propias, algo que hasta hace pocos años era políticamente impensable.
La instrumentalización del conflicto iraní por parte de Pyongyang es, en última instancia, un síntoma de un problema mayor: el orden internacional basado en reglas está siendo reemplazado por una lógica de poder crudo donde la disuasión nuclear vuelve a ser el idioma dominante. Kim Jong Un no inventó esa lógica, pero la explota con una habilidad que la comunidad internacional no debería subestimar.
La pregunta ya no es si Corea del Norte abandonará sus armas nucleares —esa posibilidad parece definitivamente descartada—, sino cuántos otros Estados llegarán a la misma conclusión que Kim Jong Un en los próximos años.