El estrecho de Ormuz, una franja de agua de apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, vuelve a situarse en el epicentro de la geopolítica energética mundial. El Parlamento de Irán ha puesto en marcha una iniciativa legislativa para cobrar un peaje a todos los buques que transiten por este paso estratégico, invocando derechos de soberanía territorial sobre sus aguas. La medida, que podría alterar drásticamente las dinámicas del comercio petrolero internacional, llega en un momento de máxima tensión regional y financiera para Teherán.
Según reportaron Radio Centro y Primicias, la propuesta busca no solo reafirmar la jurisdicción iraní sobre el estrecho, sino también generar una fuente de ingresos significativa para un Estado que lleva años asfixiado por sanciones económicas occidentales y que ahora enfrenta los costos adicionales de un entorno bélico cada vez más complejo.
Una ruta vital para la economía global
Para dimensionar la magnitud de lo que está en juego, basta un dato: aproximadamente el 20% de todo el petróleo que se consume en el mundo pasa por el estrecho de Ormuz. Cada día, entre 20 y 21 millones de barriles de crudo atraviesan este corredor marítimo que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico y, desde allí, con los mercados de Asia, Europa y América.
Países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar dependen de esta vía para exportar la inmensa mayoría de su producción petrolera y de gas natural licuado. Cualquier interrupción —o encarecimiento— del tránsito por Ormuz tiene el potencial de disparar los precios del crudo a nivel global, con efectos en cadena sobre la inflación, los costos de transporte y las economías de países importadores de energía.
Para Ecuador, un país petrolero cuyo presupuesto estatal depende significativamente de los ingresos por exportación de crudo, un alza en los precios internacionales del petróleo podría representar un alivio fiscal, aunque también encarecería los derivados importados. Es un equilibrio delicado que obliga a seguir de cerca cualquier movimiento en Ormuz.
La lógica detrás de la jugada iraní
Irán no actúa en el vacío. La decisión del Parlamento iraní (Majlis) de impulsar esta legislación responde a una confluencia de factores que hacen de este momento una ventana estratégica para Teherán.
En primer lugar, las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos —reforzadas tras la salida del acuerdo nuclear en 2018 bajo la administración Trump— han reducido drásticamente las exportaciones petroleras iraníes y han limitado su acceso al sistema financiero internacional. La economía iraní necesita fuentes alternativas de ingresos, y un peaje sobre el tránsito marítimo más importante del mundo representa, al menos en teoría, un flujo potencialmente millonario.
En segundo lugar, el contexto bélico regional ha escalado considerablemente. El conflicto en Gaza, las tensiones con Israel —que incluyeron un intercambio directo de ataques entre ambos países en 2024—, y el papel de Irán como patrocinador de milicias proxy en Líbano, Yemen, Siria e Irak configuran un escenario en el que Teherán busca consolidar todas las herramientas de presión a su alcance.
El estrecho de Ormuz ha sido históricamente la carta más poderosa de Irán en su pulso con Occidente: la capacidad de amenazar el flujo petrolero global sin necesidad de disparar un solo misil.
Desde una perspectiva jurídica, Irán argumenta que sus aguas territoriales cubren parte significativa del estrecho, lo que le otorgaría el derecho soberano a regular y cobrar por el tránsito. Sin embargo, el derecho internacional marítimo, particularmente la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), establece el principio de "paso en tránsito" por estrechos utilizados para la navegación internacional, lo que en la práctica impide que un Estado ribereño cobre peaje o impida el paso pacífico de embarcaciones.
Reacciones internacionales y posibles consecuencias
Como era previsible, la iniciativa ha generado alarma en las capitales occidentales y en los países del Golfo. Estados Unidos, que mantiene la Quinta Flota de su Armada en Bahréin precisamente para garantizar la libertad de navegación en la zona, ha señalado en múltiples ocasiones que cualquier intento de restringir el tránsito por Ormuz sería considerado una amenaza directa a la seguridad nacional estadounidense.
Los analistas internacionales coinciden en que la probabilidad de que Irán implemente efectivamente el cobro de peaje es baja en el corto plazo, dado que hacerlo podría desencadenar una respuesta militar directa. No obstante, la mera discusión legislativa cumple un propósito estratégico: enviar una señal de que Irán está dispuesto a escalar las tensiones si sus intereses no son tomados en cuenta en cualquier negociación futura.
Para los mercados petroleros, la incertidumbre ya es un factor de precio. Los futuros del crudo tienden a reaccionar con alzas ante cualquier amenaza sobre Ormuz, y esta no será la excepción. En un contexto donde la OPEP+ ya gestiona recortes de producción para sostener precios, una prima de riesgo adicional por tensiones en el estrecho podría empujar el barril de Brent por encima de umbrales que compliquen la lucha contra la inflación en economías desarrolladas.
Un juego de poder con ramificaciones globales
Lo que está en juego en el estrecho de Ormuz trasciende con mucho a Irán y sus vecinos. Se trata de un pulso sobre quién controla las arterias del comercio energético mundial y bajo qué reglas se rige la navegación internacional en el siglo XXI.
Si la ley avanza en el Parlamento iraní, el escenario más probable es una escalada diplomática significativa, con posibles nuevas sanciones contra Teherán y un refuerzo de la presencia naval occidental en la zona. Pero también abre la puerta a negociaciones: históricamente, Irán ha utilizado la amenaza sobre Ormuz como moneda de cambio para obtener concesiones en otros frentes, particularmente en el ámbito nuclear.
Para América Latina y Ecuador en particular, este episodio es un recordatorio de que la estabilidad energética global depende de equilibrios frágiles en regiones lejanas. Cada movimiento en el tablero del golfo Pérsico tiene el potencial de alterar los ingresos fiscales, los precios en gasolineras y el costo de vida de millones de personas a miles de kilómetros de distancia.