El precio del petróleo volvió a superar la barrera psicológica de los US$ 100 por barril, un umbral que no se tocaba desde 2022, en medio de una escalada del conflicto en Medio Oriente que ha puesto en jaque las rutas de suministro global de crudo. La noticia sacudió los mercados internacionales y ya tiene consecuencias tangibles en América Latina: Chile anunció un alza histórica en el precio de los combustibles, provocando largas filas en gasolineras de todo el país. El panorama plantea interrogantes serios para economías como la ecuatoriana, que dependen del petróleo pero también sufren el encarecimiento de los derivados.
Un barril que vuelve a los tres dígitos: las causas detrás del repunte
La guerra en Medio Oriente ha sido el catalizador principal de este nuevo episodio de volatilidad petrolera. Las tensiones en la región —que concentra aproximadamente un tercio de la producción mundial de crudo— han generado temores fundados sobre interrupciones en el suministro, particularmente en el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo que se comercializa globalmente.
El repunte por encima de los US$ 100 ocurre pese a las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha insistido en su capacidad para mediar y poner fin al conflicto. Sin embargo, los mercados han respondido con escepticismo, según reportó CNN en Español. La retórica diplomática no ha logrado contener la prima de riesgo geopolítico que los operadores están incorporando al precio del barril.
Es importante recordar que la última vez que el crudo superó sostenidamente los US$ 100 fue tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, un episodio que desató una crisis inflacionaria global. Los analistas advierten que, de mantenerse estos niveles, el impacto sobre las economías emergentes podría ser incluso más severo, dado que muchas de ellas aún no se recuperan completamente de aquel shock.
Chile: estampida en gasolineras y un precedente preocupante
El impacto más inmediato y visible se registró en Chile, donde el Ministerio de Energía confirmó un alza histórica en los precios de los combustibles. Según reportó Primicias, las gasolineras de Santiago y otras ciudades del país experimentaron largas filas de vehículos cuyos conductores buscaban cargar combustible antes de que entrara en vigencia el nuevo precio.
Chile es particularmente vulnerable a estos shocks porque importa prácticamente la totalidad del petróleo que consume. A diferencia de Ecuador, Colombia o Venezuela —países productores—, la economía chilena absorbe de lleno el impacto de cada dólar adicional en el precio del barril. El mecanismo de estabilización de precios de combustibles (MEPCO) que opera en ese país ha sido insuficiente para amortiguar un alza de esta magnitud.
Lo que ocurre en Chile no es un fenómeno aislado: es un anticipo de lo que podrían enfrentar otras economías latinoamericanas importadoras netas de combustibles en las próximas semanas si el precio del crudo se mantiene en estos niveles o continúa su escalada.
¿Qué significa para Ecuador? Una moneda de dos caras
Para Ecuador, el escenario es paradójicamente ambivalente. Como país exportador de petróleo, un barril por encima de los US$ 100 representa un ingreso fiscal significativamente mayor al presupuestado. El Presupuesto General del Estado suele calcularse con un precio de referencia considerablemente inferior —en torno a los US$ 60-70 por barril—, lo que significa que cada dólar adicional genera recursos extraordinarios para las arcas públicas.
Sin embargo, la otra cara de la moneda es menos favorable. Ecuador también importa derivados de petróleo —especialmente diésel y gasolinas de mayor octanaje— debido a la limitada capacidad de refinación del país. Un crudo más caro encarece esas importaciones y presiona al subsidio de combustibles, uno de los rubros más pesados del gasto público ecuatoriano. El gobierno de Daniel Noboa ha buscado racionalizar estos subsidios mediante la focalización, pero un petróleo sostenidamente alto complica esa ecuación fiscal.
Además, el encarecimiento global de los combustibles tiene un efecto inflacionario en cadena: sube el costo del transporte de mercancías, se encarecen los alimentos y se erosiona el poder adquisitivo de los hogares. En una economía dolarizada como la ecuatoriana, donde no existe la posibilidad de ajustar la política monetaria, estos shocks externos se transmiten con especial crudeza.
El tablero geopolítico y las perspectivas a corto plazo
La pregunta central que se hacen los mercados es si este repunte será sostenido o si se trata de un pico temporal impulsado por el pánico. La respuesta depende en gran medida de la evolución del conflicto en Medio Oriente y de las decisiones que tome la OPEP+ respecto a sus cuotas de producción.
Arabia Saudita y otros grandes productores tienen capacidad ociosa que podrían activar para estabilizar el mercado, pero históricamente han sido cautelosos en hacerlo, prefiriendo beneficiarse de precios altos. Por su parte, Estados Unidos podría recurrir a su Reserva Estratégica de Petróleo, aunque Trump ha expresado su intención de recomponerla tras las liberaciones realizadas por la administración Biden.
Lo cierto es que mientras las bombas sigan cayendo en Medio Oriente, el petróleo seguirá siendo rehén de la geopolítica. Para América Latina, y particularmente para Ecuador, esto significa navegar entre la oportunidad de mayores ingresos petroleros y el riesgo de una inflación importada que golpee a los ciudadanos de a pie. La gestión prudente de estos recursos extraordinarios —si se materializan de forma sostenida— será clave para que el gobierno de Noboa convierta esta crisis global en una ventana de oportunidad fiscal.