El presidente Daniel Noboa volvió a marcar el tono de su gobierno con un mensaje que no deja espacio a la ambigüedad. En declaraciones recogidas por Radio Centro, el mandatario ecuatoriano lanzó una advertencia directa a las estructuras del crimen organizado que operan en el país: "Vamos a limpiar el Ecuador, sin tregua y sin miedo". Una frase que, más allá de su contundencia retórica, encapsula la filosofía de seguridad que ha definido a esta administración desde sus primeros días en Carondelet.
Pero Noboa fue más allá del eslogan. Con una franqueza que se ha convertido en su sello, añadió: "Nos golpean una vez, nosotros golpeamos cinco. No retrocedemos". El mensaje, dirigido tanto a las organizaciones criminales como a la ciudadanía que exige resultados, refleja una escalada discursiva que tiene contexto y consecuencias.
Un gobierno que apostó todo a la seguridad
Para entender el peso de estas declaraciones, es necesario recordar el punto de partida. Cuando Daniel Noboa asumió la presidencia en noviembre de 2023, Ecuador atravesaba la peor crisis de seguridad de su historia. Los asesinatos habían alcanzado cifras récord, las bandas narcocriminales controlaban cárceles enteras y el Estado parecía haber perdido el monopolio de la fuerza en amplias zonas del territorio nacional.
La respuesta del gobierno fue inmediata y sin medias tintas. En enero de 2024, tras una jornada de terror que incluyó la toma de un canal de televisión en vivo, Noboa declaró el conflicto armado interno, una medida sin precedentes en la historia democrática del país. Desde entonces, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional han operado bajo un marco legal de excepción que les otorga capacidades ampliadas para enfrentar a las organizaciones criminales.
Los resultados, aunque parciales, han sido tangibles. Operativos de gran escala, decomiso de toneladas de droga, captura de cabecillas y la recuperación —al menos temporal— de espacios que habían sido cooptados por las mafias. Sin embargo, el crimen organizado ha demostrado una capacidad de adaptación que obliga al Estado a mantener la presión de manera sostenida.
El discurso como herramienta estratégica
Las palabras de Noboa no son simplemente bravuconería política. En el contexto de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado transnacional, el discurso presidencial cumple una función estratégica doble. Por un lado, envía una señal de determinación a las estructuras criminales: no habrá negociación, no habrá tregua, no habrá repliegue. Por otro, busca mantener la cohesión social y el respaldo ciudadano a políticas que, por su naturaleza, implican restricciones de libertades y un despliegue militar inusual en democracia.
Es importante señalar que esta postura de mano dura cuenta con un respaldo mayoritario entre la población ecuatoriana. Las encuestas han mostrado consistentemente que la seguridad es la principal preocupación de los ciudadanos y que existe un amplio apoyo a las medidas de fuerza contra el crimen organizado. Noboa, político hábil, comprende que su capital político está directamente vinculado a los avances en este frente.
La frase "nos golpean una vez, nosotros golpeamos cinco" también tiene una dimensión disuasoria. En la lógica de la confrontación asimétrica contra organizaciones criminales, la desproporción de la respuesta estatal es, en sí misma, un mecanismo de disuasión. El mensaje es claro: el costo de atacar al Estado ecuatoriano será siempre mayor que cualquier beneficio que las mafias puedan obtener.
Los desafíos que persisten detrás del discurso
No obstante, la firmeza discursiva debe ir acompañada de resultados sostenibles. Y aquí es donde el panorama se vuelve más complejo. Ecuador enfrenta desafíos estructurales que no se resuelven solo con operativos militares: un sistema penitenciario colapsado, una justicia lenta y en ocasiones permeada por la corrupción, fronteras porosas y una economía que, en ciertas regiones, depende peligrosamente de las dinámicas del narcotráfico.
El gobierno de Noboa ha intentado abordar algunos de estos flancos. Las reformas al sistema penitenciario, el fortalecimiento de la inteligencia militar y policial, y la cooperación internacional —particularmente con Estados Unidos y Colombia— son piezas de un rompecabezas que requiere paciencia y consistencia. Pero la presión por resultados inmediatos es constante, y el crimen organizado no descansa.
Además, existe un debate legítimo sobre los límites del estado de excepción permanente. Si bien las circunstancias han justificado medidas extraordinarias, la normalización de estas herramientas plantea interrogantes sobre el equilibrio entre seguridad y derechos fundamentales. Es un dilema que las democracias latinoamericanas conocen bien: El Salvador de Bukele es el ejemplo más citado, con sus luces y sus sombras.
¿Hacia dónde va la estrategia de seguridad?
Lo que las declaraciones de Noboa dejan entrever es que no habrá cambio de rumbo. La apuesta del gobierno sigue siendo la confrontación directa, la presencia territorial de las fuerzas del orden y una comunicación que no deja espacio para que el crimen organizado perciba debilidad institucional.
En un país que hace apenas dos años parecía al borde del colapso en materia de seguridad, la determinación presidencial es, cuando menos, una señal de que el Estado no ha abandonado la pelea. Que esa determinación se traduzca en una paz duradera y no solo en victorias tácticas dependerá de la capacidad del gobierno para complementar la fuerza con inteligencia, institucionalidad y reformas de fondo.
Por ahora, el mensaje de Noboa es inequívoco: Ecuador no negocia con el crimen. Y en un continente donde varios Estados han claudicado ante las mafias, esa postura, por sí sola, ya marca una diferencia.